(cuento para susurrar a un niño debajo de un edredón en una noche de tormenta)

En la pequeña ciudad de Veteasaber la vida era tranquila y pacífica. La gente común se dividía en Padres e hijos. Los padres curaban heridas, llevaban a los hijos al cole y conducían con cuidado. los niños jugaban con pelotas y gatos y los gatos con los ovillos y niños, como en cualquier ciudad de cuento.

Como en toda ciudad de cuento, un buen día sucedió algo inesperado y sorprendente. en este caso, una gigantesca ventolera comenzó a azotar valles, ríos y ciudades como un terrible mosqueo temporal sacudiendo hasta el asfalto de las calles, las cortinas de las casas y agitando las cejas y mofletes de la gente común. Los padres, viendo que el asunto climatológico tenía para rato, idearon una estrategia para continuar con su vida tranquila y pacífica: Colocaron piedras en los bolsillos de sus hijos para que pudieran ir al colegio con toda normalidad. Asunto arreglado.

Los niños no estaban muy conformes con esta decisión porque se quedaron sin lugar dónde guardar las canicas, chapas y pequeños objetos misteriosos que encontraban por la calle. Pasaron varios días refunfuñando sin éxito y finalmente se callaron.

Entre todos esos niños, había uno bastante espabilaillo. Se llamaba Pol y tenía cara de pájaro. Un día, durante el camino al cole, Pol tuvo que dejar en el suelo cuatro canicas, una de ellas azul y mate... mate!.También dejó pasar una flor volcánica roja y un chicle de color verde limón. Eso, de por sí, lo tenía bastante cabreado, pero lo que realmente le erizó el flequillo fue tener que pasar al lado de un pequeño artefacto dorado de los que traen las cajas de música, esos que parecen cestitas con salientes que en realidad son partituras para agujas ciegas...esos... esos...

y no cogerlo.

Como es lógico, Pol se enfadó un poco. Se le encendieron los mofletes y las orejas se le volvieron rojas. Con los ojos medio inclinados cruzó la verja de entrada al patio del colegio y se situó justo en el centro. Se metió las manos en los bolsillos y fue sacando sin pestañear una piedra tras otra tras otra tras otra...

En ese momento el aire comenzaba a apretujarse en una especie de remolino, que giraba y se comprimía tomando fuerza y velocidad sobre la cabeza de Pol. En unos segundos lo golpeó casi agarrándolo por los brazos y lo levantó del suelo hacia los tejados y las copas de los árboles.
Todos los niños del patio del recreo se quedaron patidifusos y empezaron a sacarse las piedras de los bolsillos y a abrir los brazos en cruz para volar como pájaros. En un momento el cielo estaba lleno de niños giratorios desconcertados y muertos de risa.

y los padres muertos de miedo con sus pies bien agarraítos al suelo.

Al principio, algunos niños no sabían lo que hacer en el aire, hubo uno que se quedó con el culo enganchado en una veleta y otro que intentaba mover sus brazos como un helicóptero y acabó enredado entre sus propios brazos...

Pol comprendió que así no se llegaba a ningún lado y buceó entre las nubes hasta encontrar a su amiga Narade.

(Narade era hija de un tirititero y sabía un montón de trucos)

Cuando la encontró, Narade trataba desesperadamente de dar la vuelta a un paraguas para irse a cazar sombreros. Pol no tuvo problemas para hacerle cambiar de plan. Solo le dijo tres palabras y la sonrisa de Narade fue definitiva: Te daré chocolate.

Se dieron la mano y bucearon hacia una antena de telefonía móvil en la que había apostados unos cuantos niños.