Lo primero que hay que hacer por la mañana es alargar la mano hacia la palanca que guardo en el cajón. La radio no está sintonizada, me despierta escupiéndome palabras extrañas y música de anuncios, todo mezclado. Yo ni me muevo. Con la palanca trato de separar los párpados. A veces funciona, otras no.
Oigo como chirrío como una grúa al levantar mis huesos y ponerme de pie. Un pequeño tanteo por el pasillo para llegar al baño y algún encontronazo con el mueble de los cedés terminan de conseguir que deje de frotarme los ojos.
Nunca olvido saludar cortésmente al señor bajito que bosteza dentro de la cisterna. Ya, mucha cal. Sí, últimamente no te visito demasiado. kiwi? Vale, gracias.
Por fín los relámpagos intermitentes de la ducha quema-hiela-quema-hiela y la mezcla letal de gel y legañas consiguen que tome conciencia real de que ya no estoy combatiendo extraterrestres en un lugar perdido del Africa occidental, sino comenzando uno de otros días.
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Sé que voy a perder ese autobús, lo sé. Pero lo he pensado tan despacito que me ha dado tiempo a beberme un café callaito asomada al ojo del patio y a lavarme los dientes mientras interrogo un poco a esa de verde del espejo. La misma rutina de la mancha de pasta de dientes en la esquina izquierda de mi boca. Siempre a la izquierda. ¿por qué? Le pregunto. Caústica casuística.
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Cómo envidio a la señora que tiene el valor de maquillarse cada mañana, de ondular su pelo y de enmarcar sus labios con esmero. Más la admiro al ver el reflejo de los míos en el reflejo del cristal del autobús. Los labios pálidos y la piel desdibujada por el sudor como la de un lagarto...
Lagarto...
Cuantos días sin el niño iguana. Tantos que mis brazos se han vuelto aún más largos. Sin nada que anudar. Ya, y sé que está de campamento, que se lo está pasando genial, pero mi estómago es un egoísta y se encoge echando de menos sus puntuales codazos cuando viene a mi cama por la mañana...
Mamá... despierta... DESPIERTA!
Me acuerdo mucho de él y del mandril piscinero que habitaba en mi tripa en la foto del otro día. Los recuerdo y eso me recuerda que tengo que respirar y echar a correr, que pierdo el segundo autobús
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En el trabajo las horas pasan deprisa. Nunca faltan las risas y el cachondeo solidario del currante medio, conjuras políticas, conversaciones sobre anchoas, aceitunas, cervezas y fisonomía humana en general. Y cosas como esta a media mañana:
Más autobuses de vuelta. niñas dormidas perfectas, apaches vestidas de algodón estampado, patos con tacones de bruja, autobuseros temerarios, mirones, mirados, baches, ramas, chatarra, ruinas, hierros retorcidos y oxidados, nubes de calor...
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Mañana recojo el coche del taller. mi bolsillo me ha pedido que le quite la venda de los ojos y le dé un cigarrito

Hmmmm... que buena pinta tienen esas madalenas.
la alegría de viajar en autobús... y esa premonición de perderlo. qué risa.
¿y no es cierto que no sentimos que llegamos tarde al trabajo, hasta que esa hora de entrada nos pilla en pijamas? (un segundo antes ni pizca de miedo).
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Pero que bonito bonita.
Dad'a, siempre fiel a su vocaci'on de servicio p'ublico, te env'ia un codazo ma;anero irland'es.
De esos que vuelan sin acentos ni e;es.
jejeje, dadá que tienes en la boca???
gracias M bonita.
anda que no, Carlos, y a veces ni por esas.
nadie, pues ni te imagines como huelen. aaaagggggrrhhhhhh
ahivá, cuanto negror.
Sí que tienen buena pinta, sí.
Vale, ahora estoy volviendo atrás en tus escritos, y me parece que lo haré hasta que llegue al final.
Este post me parece maravilloso. Me ha encantado, de verdad.
Las mañanas tienen algo especial. Mis mañanas tienen algo parecido.
Gracias por describir la tuya.
:)
si, es verdad.
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