Cuando conoció a Orión, aquella noche extraña de verano, el tigre estaba tan triste y borracho que daba miedo acercarse a él. Las costillas parecían estar clavadas en el lomo y sus ojos... sus ojos eran invisibles.

Caminaba el pobre bicho por el orbe confundiendo las nebulosas, tratando de morderlas con sus encías doloridas. Flaco y con el pelo revuelto, las rayas del lomo se confundían con sus heridas.

Orión no sintió pena. Tomó entre sus manos enormes la cabeza del animal y miró hacia dentro. Apartó el dolor, la tristeza y el hambre del tigre para encontrar fuerza detrás de sus ojos rasgados.

El tigre no pudo siquiera quejarse ante el atrevimiento del cazador. Se dejó acariciar el lomo y le devolvió la mirada. Adivinó su juventud, su seguridad y su alegría. Gruñó suavemente. Entonces Orión sonrió encantado, se metió al tigre en el bolsillo (era tan alto) y se fueron juntos, de la mano, a dar un paseo mientras aún fuera de noche.

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