all that jazz
Al volver a casa, ella caminaba mirando hacia el suelo y agitaba con cuidado la bolsa del mercadona. Pretendía acompañar con un Charles el golpeteo de caja de sus pasos y así conseguir un suave jazz al andar.
También curvaba su espalda y escondía los ojos debajo del gorro de lana. La boca trataba de desaparecer tras una gran bufanda naranja cuyo oficio es atrapar palabras distraídas.
La niña iba abstraída en su propio sonido cuando se cruzó con ese chico. Ese chico otra vez.
Él mordía algo que llevaba en la mano.
Ella no se detuvo a mirar porque lo reconoció enseguida
Siguió caminando mirando hacia el frente hasta la mitad de la plaza donde se paró en seco y dudó. Como siempre...
No había cambiado demasiado, más volumen quizá, su boca seguía demasiado pequeña y sus ojos enormes y oscuros. La última vez que lo vió fue hace unos dos meses; ella bailaba en el centro de algún círculo, con luces de colores mojando sus brazos y sonriendo con una cerveza en la mano. Aquella noche él estaba serio, abrazaba sin mucha fe a una chica de pelo extraliso con remolinos dibujados con sombra de ojos.
Volvieron a mirarse y a trazar de nuevo una línea entre ese punto y otro invisible en el espacio. o sea, se ignoraron concienzudamente.
Y aquí qué, a pesar de la cerveza y de su natural desmemoria, mientras volvía a casa haciendo equilibrios sobre hileras de adoquines, ella recordó el día, haría unos cuatro años, en el que fue a cenar con Enrique (un medio ruso despistado que le enseñaba latín en sus ratos libres) y paseando por la calle Jardines se cruzó con aquel chico moreno tan pálido. De nuevo.
Enrique notó una mirada extrañamente similar en los dos que se cruzaban y preguntó a la niña con ojeras por ese muchacho medio gótico que la miraba así. Ella le contó una historia: Hacía unos años, cuando ella tenía 19 años y paseaba cada noche su barriga de feliz embarazada, coincidió en un bar cargado de humo con unos antiguos amigos. Tuvo que salir un momento medio mareada y se topó de frente con el de los ojos oscuros, esta vez con el pelo teñido de rubio. El niño la miró asombrado por la redonda barriga y bajó la vista, azorado, supongo. ejem, suponía ella.
y...
sí.
Al llegar a casa con las piernas hinchadas por el embarazo y la espalda dolorida, la niña recordó aquellos días en que sus felices quince años se buscaban los lunares, y se mordían los labios en cada esquina, debajo de cada soportal...

jp dijo
Igual se cruzan unas palabrejas algún día.
Fructíferas vacaciones, niña. Ha vuelto usted inspirada.
7 Diciembre 2005 | 02:51 AM